La vez que un carpintero prestó taller y risas por un pinchazo
Entramos tímidos, salimos con una cámara reparada y el corazón agrandado. El carpintero dejó su cepillo, buscó una mecha adecuada y enseñó a sellar con calma. Mientras la batería tomaba vida, se habló de bosques, bicicletas viejas y nietos veloces. Al despedirnos, prometimos volver con una foto impresa. Todavía rueda esa promesa, colgada entre virutas y el olor a madera que nunca se olvida.